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domingo, 29 de junio de 2008

Entre las ramas del tilo


El guerrero se sentó sobre la superficie lisa de la piedra y soltó un leve gruñido que disimulaba un quejido de dolor. Dejó el pesado bolso a un lado y se quitó con algún esfuerzo las calurosas botas de cuero para poder disfrutar de la suavidad y la frescura del pasto en las plantas desnudas de sus pies. A su espalda, a unos pasos de la roca, se alzaba un tilo de gran tamaño cuyas ramas más bajas se inclinaban hasta tocar el suelo. Era el único árbol en la inmensidad de la llanura. Lo había encontrado años atrás, cuando recorría ese territorio estéril donde ningún ser vivo podía resistir mucho tiempo. Un último sobreviviente desafiando la cruel y desolada extensión de aquel desierto verde, al menos así lo entendió él. Y en el momento que lo vio supo que era allí donde debía completar la etapa final de su trabajo, lo supo sin sorpresa ni emoción de ningún tipo, sino como quien sabe que debe beber para calmar la sed. Ahora, sentado a su sombra como tantas veces desde entonces, se sentía agotado.
Tomó un sorbo de agua para aplacar el mal sabor de boca que le había dejado la carne del pájaro muerto y concluyó que el contenido de la cantimplora no le duraría mucho más. Suponía que el ave había fallecido de inanición tratando de atravesar la llanura, y toparse con el cadáver antes de que empezara a descomponerse había sido una suerte porque sus nutrientes le permitirían aguantar más tiempo. Sin embargo, el alimento era una cuestión secundaria, pues podía sobrevivir durante semanas sin comer. Pero la falta de agua afectaba gravemente a su organismo. Las otras seis cantimploras estaban vacías y, a menos que lloviera, pronto tendría que someter su cuerpo a un nuevo período de inactividad y conservación de la energía vital. Lo había hecho en una o dos ocasiones de extrema necesidad pero ello le había costado la victoria en las batallas subsiguientes, y ya no podía permitirse la derrota. Él era un Disparaletras, uno de los dos que quedaban, y si alguno cedía significaría el fin. Los demás habían muerto o ya no eran útiles porque simplemente habían dejado de Recibir, lo cual sucedía con mucha más frecuencia desde hacía varios años.
Desplazó la mano derecha hacia el lado izquierdo de la cintura y sus dedos se cerraron sobre el arma. Era pequeña y liviana, y al tocarla parecía latir, cambiar de forma y fundirse hasta convertirse en una extensión de su brazo. La sostuvo en alto, admirando los destellos que los rayos de sol le arrancaban al metal al colarse entre las hojas del árbol. Recorrió la fría superficie de plata con la yema del pulgar izquierdo, deteniéndose en cada una de las muescas grabadas con maestría por alguien o algo superior. Esa serie de incisiones extrañas y poco profundas representaba los caracteres de un idioma extinto, del cual no quedaba ningún otro rastro que las inscripciones en las armas de los guerreros. Los signos resplandecieron respondiendo a su tacto y, como siempre, las palabras se tradujeron en su mente a una lengua que conocía y que le era propia: Di la Verdad, rezaban. Creía que la frase debía ser la misma en todas y cada una de las lapiceras destinadas a los hombres como él, al fin y al cabo era la ley principal. Un Disparaletras podía desertar, también podía negarse a escribir o tratar de ignorar lo que recibía, incluso tenía permitido destruir su lapicera, pero bajo ninguna circunstancia le era dado alterar la Verdad o creerse capaz de inventarla. Durante la mayor parte de su vida no había comprendido esa estúpida prohibición, y la había odiado con cada centímetro de su ser. Había narrado la curación de millones de enfermos pero nunca la cicatrización de una de sus propias heridas, las historias de amor de los últimos dos siglos se habían desarrollado al ritmo de su caligrafía y, sin embargo, en ese tiempo jamás describió a una mujer a la que pudiese amar; el suave movimiento de su lapicera sobre el papel había producido la salvación de pueblos enteros, aunque ni un solo milagro para resucitar a uno de los amigos perdidos. Ahora, cuando muchas de las cosas que fueron alguna vez y la mayoría de las que eran habían sido escritas por su mano, seguía sin entender esa ley, aunque ya no la odiaba, había terminado aceptándola. Observó las seis cantimploras vacías alineadas delante suyo con las tapas colgando a un lado por si acaso y pensó en lo fácil que sería componer una simple tormenta. Nubes, relámpagos, rayos, truenos, y agua, muchísima agua. Una palabra tras otra, encadenándose y fundiéndose en una armonía precisa; una danza de la lluvia sin cánticos, gritos ni tambores. Si tiene que llover lloverá, y sino ya veremos, pensó.
Un soplo de viento se levantó desde el sur, tal como lo había anotado la noche anterior, le acarició el rostro y el cabello y fue a internarse entre los recovecos del árbol a su espalda interrumpiendo el silencio sepulcral de la llanura. El sonido le hizo desear de nuevo poder irse de allí. Aquel desierto verde no significaba ningún impedimento para él, pero el tilo era su vigésima sexta torre de recepción y abandonarlo equivalía a pasar un tiempo indefinido sin escribir hasta encontrar la próxima. Las consecuencias serían catastróficas. No tenía una idea exacta de cuánto terreno habían perdido en los últimos años a manos de la inexistencia. De esa vacuidad inexorable que era como ácido, corroyendo la materia, el espacio y hasta el tiempo, dejando una nada, un blanco perpetuo imposible de rellenar. Pero sabía que a duras penas conseguía sostener una cuarta parte de la realidad por sí mismo.
Lo habían catalogado como prodigio al encontrar su primera torre teniendo apenas diecisiete años. Aquello había sucedido mucho tiempo atrás, demasiado para llevar la cuenta, como en otra vida. Sin embargo, el recuerdo permanecía intacto. Había ido en busca de leña para la fogata mientras sus primos armaban la tienda. Él era el mayor y el que mejor conocía el bosque, y, por lo tanto, el único que podía alejarse del lugar de acampada sin compañía. Pero esa vez se internó entre los árboles más lejos que de costumbre y terminó en aquel claro frente a un viejo galpón abandonado. Apenas un pequeño puesto de descanso para los cazadores, del que ya nadie se acordaba. La luz se colaba por los múltiples agujeros y rendijas abiertas en los tablones de madera que formaban las paredes. Por lo cual, a pesar de que la única ventana estaba cubierta de tierra, el interior quedaba lo suficientemente iluminado como para permitirle echar un vistazo.
A su derecha, sobre una estantería mugrienta se veían unas cuantas latas de conservas vencidas y un par de cajas de municiones para escopeta sin abrir. Dos sillas desvencijadas y una mesita completaban el mobiliario. A los pies de ésta, rodeado de restos de pan enmohecido y colillas de cigarrillo, descansaba un trapo verde y raído que parecía haber servido de mantel. Decidió que aquel lugar era decepcionante y cuando dio media vuelta para salir distinguió algo que asomaba bajo la pila de pieles de la esquina izquierda, la cual había quedado casi totalmente oculta por el ángulo de la puerta. El olor a humedad que despedían las pieles era insoportable, las movió sólo lo necesario para sacar el objeto y luego fue a sentarse en el centro del cobertizo. Era una caja de acero carcomida por el óxido. Quitó la tapa con cuidado y vio las armas que lo acompañarían el resto de su vida: el bolso y la lapicera. El primero parecía común y corriente, sin embargo la lapicera ejercía una atracción inevitable, como los ojos de una serpiente justo antes de atacar. La sujetó con firmeza y en ese momento todo lo demás se difuminó casi hasta desaparecer. La sangre le pulsaba frenéticamente en las sienes y le costaba respirar. Sintió como se le erizaba cada vello del cuerpo y el sudor comenzaba a chorrear a través de sus poros. Un fuerte escalofrío le recorrió la columna. Los ojos se le anegaron en lágrimas, dejó escapar un hilo de sangre por la nariz y se desmayó. Los Disparaletras habían bautizado aquello “El Renacimiento”: un trance en el que se recalibraban los sentidos del nuevo guerrero para permitirle percibir lo que hasta entonces le estaba prohibido, dejándolo preparado para iniciar su nueva misión.
Veinte minutos después recobró el sentido con la cabeza a punto de estallarle y muchas ganas de vomitar. Había caído de espaldas y al abrir los ojos pudo contemplar una de las imágenes más bellas que vería en su vida. Cientos de telarañas de distinto tamaño se agrupaban, se fusionaban y superponían formando un espeso tejido de hilos de diamante que tapaba por completo el cielo raso. Lo más extraño, y lo mejor, era que parecían estar deshabitadas. Mientras observaba fascinado las hebras comenzaron a vibrar y emitir destellos alternadamente. Primero una, después otra, una tercera, y así; siguiendo un orden secreto que continuaría en ciclos eternos. Entonces empezó a Recibir. El flujo de información invadió sus neuronas estableciendo billones de conexiones sinápticas. A través de sus sentidos se desbordaron las imágenes, los sonidos, los gustos, las texturas y los olores de todo lo que era y lo que sería. Casi enseguida supo lo que tenía que hacer, su tarea era relatar el Universo. Décadas después se había convertido en una leyenda viviente al superar la quincena de torres cuando un Disparaletras normal no pasaba de las once o doce. Quizás ya me consideren un Dios, pensó con ironía.
Apartó la idea de buscar un lugar mejor y se recostó en el pasto con la cabeza apoyada en el bolso, disponiéndose a reponer sus fuerzas hasta que el sol se ocultara. Trabajar en uno u otro momento del día no afectaba en nada su desempeño pero siempre se había sentido atraído por la noche, creía que cuando la luz del día menguaba la magia del mundo dejaba de ocultarse y las cosas comenzaban a manifestarse en sus formas reales.
Durmió profundamente durante ocho horas. Al despertar la luna aún estaba cerca del suelo. Aprovechó unos escasos segundos para desperezarse y notó que seguía agotado. No se extrañó, llevaba tres semanas extendiendo sus jornadas de trabajo de diez horas diarias a dieciséis. Estaban perdiendo ante la vacuidad que crecía con celeridad; no obstante, mientras siguiera recibiendo y tuviera fuerzas para continuar tenían una oportunidad, una posibilidad ínfima para ser honestos. Una estrella fugaz cruzó de pronto el cielo claro tomándolo por sorpresa, y no pudo reprimir un esbozo de sonrisa que reflejaba una mezcla de amargura y orgullo. El gesto fue breve y hermoso, repleto de esa belleza triste que resulta tan devastadora al manifestarse en una expresión que se supone debe representar alegría. Aquel cuerpo celeste, al igual que el ave muerta que le había servido de desayuno, eran pruebas inequívocas de que su colega, el otro de los dos últimos Disparaletras, no sólo hacía lo que debía sino que se esforzaba mucho más de lo que se le podía pedir. Consiguió incorporarse con cierta dificultad, el dolor de la cintura empeoraba cada semana. Bostezó y luego se internó entre las ramas del tilo: el descanso había terminado.
Allí la oscuridad era más espesa, sin embargo eso no significaba un problema. Se sentó con las piernas cruzadas y la espalda recta rozando el tronco, evitando usarlo de respaldo, con el bolso abierto ubicado justo delante, donde pudiese alcanzarlo sin cambiar de postura. En un tiempo lo había atormentado la duda de qué pasaría si un día metía la mano y descubría que ya no tenía papel, pero por suerte eso nunca había sucedido. Esta vez no fue la excepción. Rebuscó en el bolso, sacó una hoja y la lapicera comenzó a resplandecer con un brillo tenue que fue ganando intensidad hasta que la copa del árbol quedó completamente iluminada. Aunque era potente, la luz que emitía no dañaba ni molestaba la vista aún cuando se la mirase fijamente. De todos modos, cerró los ojos y se concentró en el ritmo de su respiración para despejar la mente de cualquier pensamiento.
Todo era parte de la preparación, del viejo ritual. Así lo había hecho la primera vez, y así lo seguiría haciendo mientras le fuese necesario. Algunos lo habrían tildado de supersticioso u obsesivo, para él aquello era tan natural y esencial como cualquier otro elemento de la batalla. Al cabo de unos minutos la escena del galpón abandonado se repitió tal como venía sucediendo desde entonces, sólo que esta vez no eran los hilos de las telarañas lo que vibraba y emitía destellos, sino las hojas y las ramas del árbol. Sin embargo, algo andaba mal. Los destellos eran muy esporádicos y difíciles de percibir, y pronto cesó la vibración. Eso era inusual, de hecho no podía recordar ninguna situación parecida. Supuso que se debía a una falta de concentración causada por su estado físico. Aspiró saboreando el aroma del tilo, exhalando con lentitud, enfocando su atención en el recorrido del aire. Repitió el proceso varias veces pero no sucedió nada.
Afuera de su acogedor refugio la luna iba ganando terreno. Tenía que escribir, necesitaba escribir. De lo contrario las cosas se complicarían demasiado. Tal vez estaba un poco tenso. Se frotó las sienes aplicando la presión suficiente como para sentir un leve dolor que enseguida se convertiría en un alivio reconfortante. A continuación comenzó una serie de movimientos con la cabeza que le ayudaban a distenderse, y por último se sonó los nudillos de ambas manos. Con eso bastaría. Retomó su rutina respiratoria esforzándose al máximo para no distraerse. Durante dos horas permaneció inmóvil, con los ojos cerrados clavados en la hoja en blanco, esperando. En la llanura el viento corría libre de obstáculos y cada vez con mayor violencia. De pronto sus labios se crisparon en una mueca de fastidio, se levantó y estuvo a punto de quebrarse los dedos al lanzar un brusco izquierdazo que arrancó un pedazo de corteza. Sabía que había una sola explicación para lo que estaba pasando, y por muchas excusas que inventase no podría huir de ella. Estaba dejando de Recibir. Aún así se negaba a aceptarlo, si lo hacía, todo por lo que había luchado se derrumbaría delante suyo. Decidió que lo mejor era permitirse una pausa, tratar de serenarse y volver a intentarlo.
Sentado nuevamente en la roca contemplaba las estrellas. Varias de ellas habían surgido de su puño y letra, y personalmente creía que conformaban la más bella de sus obras. Dedicó un largo rato al viejo juego de identificarlas. Era un pasatiempo del que había disfrutado desde pequeño y ahora cumplía bien su papel como distracción. No obstante, después de nombrar alrededor de doce o trece docenas se dio por vencido, su memoria ya no era tan buena. Aunque por el momento ese era un problema menor. Se quitó los anteojos para poder apartar las molestas legañas. Pronto amanecería. Todavía no estaba listo, pero seguir retrasándolo era una pérdida de tiempo. Además parecía más una cobardía que cualquier otra cosa. Antes de devolver las gafas a su sitio las limpió de manera automática con un faldón de la camisa que alguna vez había sido blanca.
Regresó a su puesto y recreó el rito. La mañana siguiente lo encontró en la misma posición, y al caer la noche aún no se había movido. Un día más tarde estaba al límite de sus energías, pero se rehusaba a perder las esperanzas. Al cuarto atardecer las lágrimas abrieron surcos en la tierra que le cubría las mejillas y mancharon el pedazo de papel que sostenía sobre las piernas. En su mente no se formó ni una sola oración.



Leandro - Ciudad Cronopio

domingo, 22 de junio de 2008

Atrapado


Se levantó de la silla y se asomó a la ventana para ver la ubicación del sol y así poder adivinar la hora. Probablemente eran las cuatro de la tarde. Hacía ya varias horas que había estado encerrado en esa pequeña y poco iluminada habitación, escudriñando su memoria en busca de inspiración. Estaba atrapado. Cerró la cortina y volvió a sentarse en la única silla del cuarto y mientras se hamacaba volvía a hundirse en sus pensamientos.

El autor del libro que está por escribirse aún no encuentra algo que desencadene el proceso creativo. No sabe sobre qué escribir. No tiene historia. No tiene nada más que un escritorio desordenado, hojas esparcidas por todo el cuarto, biromes de color azul y negro en un portalápices, una computadora portátil, un cenicero que rebalsa de cigarrillos aplastados y ceniza, una taza de café, y la silla en la que se encuentra sentado.

Historias poco interesantes, personajes sin personalidad, oraciones sin significado y párrafos desordenados le manchaban las ocurrencias y lo mareaban al punto tal que se desorientaba y volvía al principio: la nada.
Se concentraba en su entorno en busca de una señal que le revolucionara sus pensamientos. Ya había recorrido todas las ciudades del mapa de humedad que era el techo. Se había imaginado su gente, había visitado todos sus ríos y conocía a la perfección sus lugares más ocultos y misteriosos. Pero, aún así, no hallaba nada que dispare su imaginación. Cuando creía encontrar su musa, algo lo distraía y la perdía de vista. Esta situación realmente lo malhumoraba. Estaba cansado, harto.

La imposibilidad de escribir le colmó la paciencia. Hacía cuánto tiempo que estaba en ese cuarto? Volcó su café sobre la computadora y se produjo un cortocircuito. Una espesa oscuridad quiso invadir la habitación. Sin embargo, se lo impedían los débiles rayos de luz que se filtraban por la cortina azul marino que lo aislaban del exterior.
Se levantó de la silla y se asomó a la ventana para ver la ubicación del sol y así poder adivinar la hora. Probablemente eran las cuatro de la tarde. Hacía ya varias horas que había estado encerrado en esa pequeña y poco iluminada habitación, escudriñando su memoria en busca de inspiración. Estaba atrapado.





Primer publicación.
Espero les guste.


Me presento: Danila Moiana, última marsopa autoconvocada (hasta ahora).
Más desconocida por miles de pseudónimos que poco parecen tener que ver con algo, pero que mucho tienen que ver con todo.
Mis cordiales saludos para todos ustedes, marsoperos.


Danette Shot.

sábado, 7 de junio de 2008

Ventanas al universo


Recostados boca arriba sobre la superficie dura e irregular del suelo observaban como de costumbre el cielo nocturno. Los puntitos brillantes poblaban la inmensa tela negra del espacio adornándola con sus orgullosas luces diminutas, miles de lentejuelas o gotas de agua.
- Faroles. Ejércitos de faroleros desparramados en millones de mundos –dijo Damián.
- Esa es repetida, dijiste lo mismo hace unas tres semanas –le informó Esteban.
- No, hace unas tres semanas dije velas, inmensas velas de cien metros de altura por sesenta de diámetro.
- Es igual, para ponerle tan poca originalidad mejor deciles estrellas y punto. Además los faroles no sirven porque están clavados en el suelo, inmóviles, estatuas de luz.
- ¿Y? ¿Eso qué importa? –replicó Damián ofendido.
- Cómo “qué importa”, ¿vos no ves cómo se mueven? ¿no las ves patinar por el cielo y unirse en figuras que enseguida se deshacen, sólo para volver a agruparse en un nuevo dibujo libre de contornos o fronteras?
- No, yo veo faroles.
- Claro, si para vos los árboles son paraguas y el rocío es la transpiración del suelo. A ver, aquello qué es, ¿la pelota de playa de un gigante tal vez? –dijo Esteban señalando el enorme disco que dominaba como siempre la vastedad del espacio.
- Podría ser –contestó convencido Damián, deleitándose ante la oportunidad de irritar a Esteban-. O a lo mejor un lunar del universo.
- Lunares tenés vos en el cerebro, y me parece que te están afectando. Hay tantas posibilidades más interesantes que un lunar. Es mucho más emocionante darse cuenta que ese es otro mundo, igual a este, en el que otras dos personas están recostadas boca arriba mirando hacia el cielo igual que vos y yo, y cuatro pares de ojos recorren el universo en líneas paralelas y opuestas hasta que por fin chocan y se funden en una sola mirada, en un punto donde la distancia ya no importa o ni siquiera existe.
- Sí, todo lo que vos quieras, lástima que la vida existe únicamente acá, el resto del universo es un desierto helado y oscuro.
- Helada y oscura debe ser la cueva que tenés entre las orejas, por eso las ideas te salen ciegas y muertas de frío pobrecitas. Hay cientos de galaxias, miles de planetas, millones de asteroides, infinidad de estrellas y andá a saber cuántas otras porquerías de las que ni siquiera estamos enterados, y a vos se te ocurre que tenemos exclusividad sobre la vida. ¿Por qué? Ah, ya sé, porque somos especiales y dueños absolutos: vida marca registrada, todos los derechos reservados.
- Bueno, ponele que haya vida en algún otro lado, pero en esa cosa seguro que no –dijo Damián volviendo a señalar el inmenso disco junto al cual las estrellas se veían aún más pequeñas.
- ¿Por qué no?
- Decime una cosa, ¿me estás agarrando para la joda o es idea mía? Ya hace como cuarenta años desde el primer viaje exitoso de ida y vuelta. Después fueron y volvieron tantas veces que a estas alturas deben estar pensando en instalarse unas camas allá; y nunca encontraron nada. No me extraña, quién podría vivir en un lugar que parece una piscina gigante, pura agua, y casi toda salada para peor.
- Estoy seguro que si a vos te dicen que se va a caer el cielo salís corriendo a comprarte un paraguas o un casco, y después te construís un búnker subterráneo, no sea cosa de andar escatimando precauciones. Pobre crédulo, no querés ver que es todo puro verso, falsas seguridades, cuentos de cuna científicos para dormir más tranquilos. La verdad es que sabemos tan poco del universo como de la muerte; o de la vida incluso, porque seamos sinceros ya que estamos, de eso tampoco sabemos gran cosa.
- A vos cuando te agarra la metafísica no te banca nadie; dejate de joder y acompañame, vamos a ocuparnos de asuntos más mundanos y urgentes –dijo Damián que ya se había levantado y le ofrecía la mano para ayudarlo a incorporarse.
- Esperá, un meteoro. Ahí, mirá, ¿lo ves?
- ¿Dónde, aquello? Pero si apenas se distingue un hilo brillante, está demasiado lejos. Dale, vamos que me muero de hambre.
Esteban mantuvo unos segundos la vista fija en el cielo, persiguiendo con la mirada el recorrido de la estela luminosa que surcaba el espacio. Se sacudió el finísimo polvillo blanco que cubría la superficie lunar y se adhería inevitablemente a todo aquello con lo que entraba en contacto, y siguió a Damián fuera del cráter al cual cariñosamente habían bautizado “Puesto de observación sideral”.


Nicolás, con una estaca en la mano derecha y uno de los laterales de la carpa a medio armar en la izquierda, se detuvo de golpe como siempre al ver a Denise sentada frente al telescopio. No podía evitarlo: Denise sentada con las piernas cruzadas y la espalda recta, el pelo negro lamiéndole los hombros y estirándose largamente hasta su cintura, la cabeza apenas inclinada hacia delante, su cuerpo delineado por las luces de la noche, serena y concentrada, quieta toda ella salvo las manos; salvo las manos que juegan como mariposas alrededor del telescopio, buscando la precisión exacta y necesaria. Denise y el telescopio, un espectáculo que seguramente las estrellas contemplaban con sus propios artefactos astronómicos.
- Por mirarme a mí te estás perdiendo uno de los fenómenos más hermosos de la naturaleza.
- Aunque lamento estar en desacuerdo, es mi deber informarte que la tuya es una afirmación muy contradictoria, porque eso es justamente lo que yo estoy viendo. Pero, vos, ¿a cuál otra belleza te referís?
- Una estrella fugaz.
- Ya vi muchas, son todas más o menos iguales –dijo Nicolás volviendo a concentrarse en la carpa-. Lo que yo no entiendo es cómo puede ser que siempre adivines cuándo te estoy mirando.
- Porque tus ojos me caminan por la piel y mis labios se estiran en una sonrisa sin que yo se los ordene.
- Ah, la fisiología de la intuición de la que tanto se habla.
- Y además te conozco, tontito. ¿Vos creés que habrá vida inteligente allá?
- Yo todavía tengo mis serias dudas sobre el coeficiente intelectual de la vida acá; pero dejando eso a un lado, especificame con un poquito más de exactitud, ¿dónde vendría a ser “allá”?
- Allá, en la luna.
- No sé, igual no importa mucho lo que yo crea; según tengo entendido cuando Armstrong dio el famoso gran paso para la humanidad no se encontró con ningún felpudo de bienvenida, ni con nadie que le hiciera un escándalo por no limpiarse las botas antes de bajar del cohete.
- Pero eso fue todo trucho, un teatro del gobierno yanqui para alardear otra vez de lo grandiosos que son y dejar re calientes a los rusos, y de paso distraer a la gente para que no se les arme un quilombo bárbaro por los desastres de Vietnam. En ese sentido fue algo similar a lo que pasó acá con el mundial setenta y ocho. La religión será el opio de los pueblos, pero no hay que olvidarse que el éxito y la gloria, en cualquiera de sus frascos posibles, son la cocaína de la humanidad.
- Mirá, en ese caso es la obra de mayor presupuesto que vi en mi vida, otra que las funciones en el Colón. Además, qué sé yo, me parece demasiado esfuerzo; una mentira así no es cuestión de inventarla y listo, después hay que aguantarla, y ahí te quiero ver.
- O sea que para vos no hay vida allá, los seres humanos somos los reyes solitarios del universo.
- Pará, princesa galáctica, yo no dije eso. Con tanto espacio vacío seguramente alguien más debe haber dando vueltas por ahí. En una de esas, quién te dice, puede que incluso allá; después de todo, ya lo dijo la banda rosa, andá a saber con qué te podés encontrar en el lado oscuro de la luna.
- Yo creo que sí. Estoy convencidísima de que los selenitas viven en ciudades portátiles, son tímidos y aman dormir, por eso permanecen siempre en la noche lunar.
- ¿Los selenitas?
- ¿No leías Mafalda de chico? Son los enanos en piyamas que habitan la luna. No ves que al final con vos no se puede discutir científicamente, yo intento imprimirle un aire académico a la conversación, te hablo de las últimas teorías astronómicas, y vos me mirás sonriendo con tus ojos de tortuga resfriada.
- Me encantaría saber como son los ojos de una tortuga resfriada. Tus teorías astronómicas me tienen sin cuidado, a mí el único cuerpo celeste que me importa está acá en la tierra, en esta misma colina, ejerciendo una fuerza irresistible que genera mareas en mi sangre –dijo Nicolás tomándola por la cintura y forzándola a separarse del telescopio.
Denise se dejó caer con él sobre la hierba, riendo, rodando; aceptándolo y rechazándolo simultáneamente en una oscilación lúdica y ritual, pautada con reglas que ninguno había establecido pero que ambos conocían y aceptaban, envueltos en un abrazo de dos que ya no eran dos, el amor abrazándose a sí mismo.


La habitación estaba a oscuras. Sólo la escasa luz proveniente de la puerta abierta recortaba las siluetas de los muebles, permitiéndole a la mujer de pie junto a la cuna percibir sus formas vagas y huidizas. El hombre se apoyó contra el marco sin entrar en el cuarto y su figura también pareció borrosa e imprecisa al dibujarse sobre el fondo de luz tenue.
- ¿Se durmió? –preguntó.
- Shh, todavía no –susurró la mujer-. ¿Por qué tenías que armarle un móvil con esas condenadas pelotitas? Todas las noches sucede lo mismo: durante media hora más o menos no les quita la vista de encima, hasta que por fin se cansa y se queda dormido.
- En primer lugar, no son pelotitas, son canicas, mi más preciado tesoro infantil. Y en segundo lugar, fuiste vos la que me pidió que las use para algo útil, o las tire.
- ¿Y vos le llamas a eso “algo útil”? –dijo la mujer señalando el conjunto de esferas de distinto tamaño que pendía a escasos metros de altura sobre la cuna. En el centro del móvil se imponía una bola dorada y mayor que las demás, alrededor de la cual el resto de las canicas se organizaban para crear un hermoso diseño en espiral.
- A él parece que le gusta –contestó el hombre sonriendo y aproximándose a la cuna.
- ¿Qué podrá estar viendo? ¿Qué estará mirando con tanta concentración?
- No sé, pero sea lo que sea, debe ser mejor que lo que pasan por la tele-. El hombre realizó un abrupto y preciso movimiento de muñeca y el fuego de un fósforo rasgó fugazmente la penumbra del cuarto. Encendió un cigarrillo y apagó la cerilla-. Vamos, no me gusta fumar cerca suyo; además, si nos quedamos va a tardar más todavía.
El hombre la tomó de la mano y la guió en silencio fuera de la habitación, aferró el pomo de la puerta y tiró hasta dejarla ligeramente entreabierta.




Leandro - Ciudad Cronopio

viernes, 30 de mayo de 2008

Prehistoria



Está sentado en la vereda y la pared le sirve de respaldo. La siente fría y dura contra la espalda dolorida pero no le da importancia, ya empieza a acostumbrarse a la crudeza de la calle. Al menos está a resguardo de la lluvia, ese paño de agua que cae a unos pocos centímetros ahí delante de sus ojos. Las rodillas dobladas contra el pecho y el gorrito calado hasta las orejas le dan una sensación de tibieza que contrasta con todo el resto del ambiente. Se acurruca sobre sí mismo para protegerse del viento y le sube el volumen al walkman apenas lo suficiente para tapar el ruido de los autos en la avenida. Da una calada final al último cigarrillo del paquete que ha logrado apoderarse sin ser visto en un café cercano y tira la colilla, que vuela unos metros y cae sobre el asfalto al lado de la rueda de una camioneta.
Mete las manos en los bolsillos tristemente vacíos y recorre con ojos ojerosos y cansados todo lo que pasa ahí afuera, afuera de su rinconcito seco y apartado. Los autos frenan y encienden sus luces, el semáforo cambia y los autos vuelven a arrancar salpicando cuando pasan por encima de algún charco. Por unos breves segundos extraña la comodidad de su cama en el pequeño cuarto desordenado donde tal vez en ese momento se encuentre su madre, sentada en el colchón con las manos entrelazadas sobre la falda y los ojos tan muertos como los de un mal retrato, demasiado dopada para estar triste. Es sólo un instante durante el cual casi se arrepiente pero enseguida se obliga a retomar sus pensamientos. Los locales de enfrente: un kiosco, un mercado, un vivero, una casa de repuestos. Los edificios, las casas, los carteles, las luces, la calle, las alcantarillas. Mira todo y cuando lo piensa un poco se asombra de la cantidad de cosas entre las que está acostumbrado a vivir sin darles mayor importancia, la cantidad de cosas creadas por el hombre. Desde la complejidad de la avanzada tecnología moderna hasta la simplicidad de una rueda, y entre ambos extremos la infinidad de logros y descubrimientos alcanzados por la humanidad a lo largo de cientos de años. Supone que todos esos esfuerzos fueron motivados por un objetivo común y lógico: mejorar la vida de los seres humanos, y no puede dejar de pensar en la ironía que se percibe en todo el asunto.
Entonces se pregunta como sería el mundo sin esos avances. Hasta qué punto las cosas serían diferentes, cuán peores o quizá mejores. Tal vez una realidad menos complicada equivaldría a una vida más sencilla: sin tantas preocupaciones, dudas, exigencias y confusiones; tal vez no habría violencia, abusos ni drogas; tal vez y sólo tal vez su madre dejaría de automedicarse, y un cinturón con una hebilla de acero no sería más que un simple cinturón con una hebilla de acero. El fuerte bocinazo de un colectivo lo saca de su ensimismamiento y al levantar la vista puede ver un patrullero en la fila de autos que esperan por el cambio del semáforo. El cansancio y la falta de sueño no lo dejan reaccionar con la velocidad habitual y demora un poco para captar la situación. Pero en cuanto los cables de su cerebro hacen conexión su cuerpo no tarda ni un minuto en responder, se pone en cuclillas y avanza cubierto por los vehículos estacionados, tan rápido como se lo puede permitir. Recién al doblar la esquina se echa a trotar.
Apenas se aleja unas cuantas cuadras, lo suficiente para sentirse tranquilo y permanecer dentro de una zona que conoce. Busca otro borde bajo el cual la lluvia no consiga alcanzarlo y vuelve a sentarse, la pared sigue fría y dura, su espalda sigue quejándose con la voz ronca y gastada de la costumbre. Los párpados le pesan toneladas, necesita descansar.
Cuando abre los ojos está en un lugar diferente. A su alrededor se extiende una selva no muy impresionante, ha decir verdad son grupos de árboles y plantas raras un tanto dispersos sobre una tierra al parecer desierta. Recorre por unos momentos la frágil consistencia del paisaje y descubre allá a lo lejos el humo de un volcán confundiéndose con las nubes en un cielo opaco de colores indeterminados. Y a varios metros de distancia, en medio de los árboles, distingue lo que sin lugar a dudas es alguna clase de dinosaurio. La inverosimilitud de las circunstancias no lo inquieta, no lo afecta. Mientras explora percibe olores, colores y texturas que no logra terminar de definir, como si no existiesen límites entre ellos y cada uno fuese parte del anterior y del próximo. En cambio una única melodía suave, distante y de alguna forma conocida flota constantemente en sus oídos bloqueando cualquier otro sonido.
Deja pasar esos detalles y sigue adentrándose en la selva. El aire es más limpio y hay un clima cálido y húmedo. La tierra está minada de piedras grandes, pequeñas o medianas, y extrañas lagartijas se mueven sobre ellas. Se inserta un poco más entre la vegetación y puede apreciar plantas y flores nunca vistas. Todo le transmite una sensación de salvajismo y fiereza, todo transmite fuerza.
A medida que se abre camino a través del corazón de la selva siente como aumenta el calor. Avanza a buen ritmo pero sin perderse de nada. De vez en cuando alguna rama le propina un arañazo, o patea alguna piedra o la raíz de un árbol. No sabe en dónde está pero tampoco se siente desorientado o perdido, es como si de alguna manera ese mundo se creara con cada uno de sus pasos. Al fin la vegetación cede y empieza a ofrecerle espacios más amplios para moverse. Frena un momento para recuperar el aire y decide tomar un descanso. La tierra tiembla de golpe bajo sus pies y entonces la melodía en su cabeza se corta en seco dejándolo inmerso en un silencio descomunal. Pero el rugido subsiguiente es aún más tremendo y lo obliga a voltear para ver de dónde proviene, aunque ya tiene una idea aproximada.
El tiranosaurio baja la monstruosa cabeza y los dos terribles ojos parecen enfocarlo a él, que se queda quieto, muy quieto. Allí está, parado ante un depredador extinto hace millones de años que considera seriamente la idea de comérselo. Empieza a temblar, al parecer sus piernas van perdiendo la fuerza, el corazón se le acelera en el pecho amenazando con escapársele con cada uno de los violentos latidos. El tiranosaurio abre la boca y el aliento fétido y podrido que despide en profundas vaharadas le da náuseas y al mismo tiempo lo saca de su estatismo. Gira en redondo y le ruega a sus piernas que se muevan lo más rápido posible. Detrás de él vuelve a escucharse el poderoso rugido, y por el estremecimiento de la tierra y de los árboles puede adivinar quién va a convertirse en el aperitivo de la tarde.
Corre como nunca ha corrido en su vida, se exige al máximo y las punzadas en los costados le indican la falta de aire. No se atreve a mirar hacia atrás pues hacerlo sería entregarse; pero de todos modos lo hace, y se da cuenta de que sobre la cabeza de la bestia prehistórica hay algo o alguien de pie. Una silueta humana hecha de oscuridad y miedo. El rostro le resulta irreconocible pero eso no importa porque él ya sabe a quién pertenece la figura. El odio agazapado en esa certeza le imprime un impulso frenético a sus piernas. Sabe que pronto deberá detenerse o se desmayará, pero aún así trata de convencerse, de engañar a su propio cuerpo para seguir adelante.
De la nada surge un tronco caído, lo salta y cuando el pie vuelve a tocar la tierra con todo el peso de su cuerpo sobre la pierna siente un doloroso calambre. Extiende los brazos hacia delante tratando de protegerse y grita mientras cae sobre la tierra blanda. Ya casi sin energías se vuelve boca arriba. Ve venir la enorme cabeza de la bestia, extrañamente los ojos parecen dos luces dirigidas contra su cuerpo y el último rugido asemeja el sonido de un motor muy exigido. Sobresaltado y bañado de sudor abre los ojos, ve el auto que se le viene encima, cierra los ojos, siente el impacto y muere aplastado contra una fría y dura pared de cemento.







Leandro - Ciudad Cronopio