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viernes, 13 de junio de 2008

Despreciada

No sabía que hacer ya. Veía como sus hermanas se iban y ella quedaba en el mismo lugar. Nadie la elegía ¿porqué? ¿tan fea era acaso? Jamás una lengua había querido probarla. Nunca unos ojos se posaron con interés en ella. Sufría. Y a nadie le importaba.
Sin embargo lo sabía. Sabía muy bien que su papel en la vida era solamente el de ocupar un espacio, como tantas otras iguales a ella. Si algún día la tomaban como opción no sería por su atractivo, sus virtudes o sus bondades. Sería porque no había otra cosa para escoger, nada más y nada menos. Lo sabía y sufría.
Días enteros pasó allí, encerrada, junto a sus hermanas. Y nadie la tomaba. Sus esperanzas hicieron agua, es decir, se humedecieron. Ella se humedeció. Perdió la frescura de sus primeros días. Si nadie la había elegido antes ¿porque habrían de hacerlo ahora?
Hasta que un día ocurrió lo inesperado. Una mano tierna y blanca la tomó con ternura, y lentamente se la llevó a la boca. Escuchó antes de perecer una voz que decía: -Hay que comerlas todas, m'hijo, que no se pierda. En mi época no tirábamos nada-. Es que a la tía Mirta le gustaban las galletitas con pinta de membrillo que vienen en el paquete de surtidas, esas que quedan en el plato cuando las otras se acabaron.

Escrito alguna noche insomne del 2005

Gonzalo