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sábado, 28 de junio de 2008

Selección de pasajes de un diario hallado en la papelera de reciclaje

...no sé que pudo haber ocurrido antes, sólo recuerdo estar de pie a un lado de la Plaza Central y al instante sentir un impulso irrefrenable que me llevaba a buscar comida. Me acerqué al rebaño de gacelas y arrojé la lanza hacia la más cercana de ellas (ahora que me percato, no sé como llegó el arma a mis manos). Se acercaron otras personas y se dedicaron a tomar la carne del animal que logré tumbar. Quizá haya sido por la extraña situación de no recordar nada de ninguna cosa pero aquel grupo me pareció compuesto por clones, sujetos exactamente iguales uno al otro, la misma contextura física, el rostro inerte y el trapo azul atado a la cintura, tal como yo...

...hoy me pasé todo el día recogiendo madera, talando un árbol tras otro sin descanso. En realidad la situación no es nueva: cuando no es oficiar de leñador es ir a juntar bayas o trabajar en las granjas, JAMÁS tengo un momento de ocio. Al menos el pueblo es tranquilo y la vista es agradable. Las casitas mezclándose hacia el Norte con algunas granjas, el robusto cuartel al Sur de la Plaza Central que junto a las murallas brindan un agradable sensación de seguridad, los barcos que se acercan al muelle con redes cargadas de peces y acercan un sonido de mar que refresca el ánimo. Me gusta cuando me envían a pescar en la playa...

...¿Alguien ha visto alguna vez al líder? Si el trabajo no fuera tan organizado juraría que no existe. Los sacerdotes tan sólo rodean el templo, no imparten órdenes de ningún tipo. Tampoco se ve nada que asemeje a mandato desde el cuartel, sólo soldados aburridos con sus espadas y alguno que otro con hacha, pero nadie impartiendo órdenes. Es como si lo supiera de antemano, un momento estás talando un arból y apenas un instante después tenés una canasta en la mano y te vas a recolectar comida...

...Al parecer unos exploradores encontraron una mina de oro lejos hacia el sur. Si bien para el líder la noticia es alentadora hay que lamentar que de la expedición sólo regresaron tres hombres, gravemente heridos para empeorar las cosas...

...el trabajo en la mina es cada vez más pesado, muy parecido al que se hacía en la cantera de piedra. Si bien están para protegernos, no me gusta nada la presencia de esos arqueros. ¿Por qué tenemos que necesitar una escolta? Para colmo lo único que hacen es estar parados ahí todo el día mirando de un lado para el otro, podrían al menos darnos una mano...

...los envidiaba, nunca debí hacerlo. A partir de ahora aprenderé a callarme. Si no hubiera sido por esos arqueros que nos dieron tiempo de escapar seguramente estaría muerto, tan muerto como ellos lo están ahora. Todavía tengo en la cabeza sus gritos, tan desgarradores que lastimaba el escucharlos, y aún más saber que esos gritos eran producto de protegerme. Empiezo a entender que todos cumplimos un rol distinto, y agradezco realmente que me haya tocado ser un trabajador y al menos conservar la vida. Lo que no entiendo es ¿qué perseguían esas personas vestidas de rojo? ¿Porqué atacaron con tanta furia? ¿Serían los mismos que agredieron al grupo de exploradores a caballo?...

...horrible, repugnante, vomitivo. Las casas ardiendo como si fuera el fin del mundo, los soldados desparramados por el piso aún empuñando sus espadas, los sacerdotes que no dan abasto en curar gente y las catapultas escupiendo con furia sobre el pueblo convirtiendo nuestro sueño en un mar de rojo, azul y más rojo...

"Memorias de un aldeano del Age of Empires" (Selección de fragmentos)

viernes, 13 de junio de 2008

Despreciada

No sabía que hacer ya. Veía como sus hermanas se iban y ella quedaba en el mismo lugar. Nadie la elegía ¿porqué? ¿tan fea era acaso? Jamás una lengua había querido probarla. Nunca unos ojos se posaron con interés en ella. Sufría. Y a nadie le importaba.
Sin embargo lo sabía. Sabía muy bien que su papel en la vida era solamente el de ocupar un espacio, como tantas otras iguales a ella. Si algún día la tomaban como opción no sería por su atractivo, sus virtudes o sus bondades. Sería porque no había otra cosa para escoger, nada más y nada menos. Lo sabía y sufría.
Días enteros pasó allí, encerrada, junto a sus hermanas. Y nadie la tomaba. Sus esperanzas hicieron agua, es decir, se humedecieron. Ella se humedeció. Perdió la frescura de sus primeros días. Si nadie la había elegido antes ¿porque habrían de hacerlo ahora?
Hasta que un día ocurrió lo inesperado. Una mano tierna y blanca la tomó con ternura, y lentamente se la llevó a la boca. Escuchó antes de perecer una voz que decía: -Hay que comerlas todas, m'hijo, que no se pierda. En mi época no tirábamos nada-. Es que a la tía Mirta le gustaban las galletitas con pinta de membrillo que vienen en el paquete de surtidas, esas que quedan en el plato cuando las otras se acabaron.

Escrito alguna noche insomne del 2005

Gonzalo